Los 80' no sólo son tecno-pop, hombreras y pelos cardados. Sin necesidad de excavar mucho, uno encuentra con facilidad varios grupos que son historia viva de la música contemporánea. De entre todos ellos, los Pixies son uno de los que más merecen la pena.
Hoy en día es casi un pecado no reconocer que la banda liderada por Frank Black es la auténtica piedra filosofal de toda la música indie de los años posteriores. No les hizo falta más que publicar 4 discos para convertirse en una banda de culto. Incluso hoy en día todas sus obras no han perdido un ápice de vigencia y suenan tan nuevas, salvajes y originales como el primer día. Clásicos atemporales, sin duda.
Resulta complicado definir a los Pixies, y más concretamente este disco. Es una especie de todo vale en versión underground, en el que se mezcla el punk más ruidoso, el pop aparentemente más facilón (aunque con aristas) y cierto tono surfero. Y por si fuera poco, coronado con letras absolutamente surrealistas (en el sentido literal de la palabra, referencias a Buñuel incluídas), cuando no por silbidos o mezclas extrañas de idiomas. Un cóctel en principio difícil de digerir, de los que parece que dejan resacas amargas. Nada más lejos de la realidad...
Entrando en materia, Debaser es un ejercicio de rabia y excesos vocales sin precedentes. Monkey Gone to Heaven disfraza el surrealismo más inquietante en clave de inocente tema pop. I Bleed engancha a base de punteos que parecen haber sido concebidos por un demente. Y así el disco se convierte en una especie de pelea callejera de sonidos, entre melodías fáciles de tarerear, piezas de rock visceral, bofetadas de percusión y chillidos propios de un esquizofrénico que intenta filosofar sobre temas escabrosos.
Pixies convirtieron su paranoia en himnos, crearon un sonido nuevo, diferente y atractivo. Y sobre todo, sirvieron de inspiración a muchísimas bandas posteriores. Por eso se merecen nuestra eterna admiración.
My blood is working but my, my heart is dead
Pixies – Doolittle

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